Norte y Timber Timbre

septiembre 7, 2019

¿Un bienio? ¿Un lustro acaso? Sin escribir, sin buscar, sin interrogar. Cuando el verano está llegando casi a su fin, como una res que respira aire caliente viendo el horizonte a través de una fina línea de chapa, en sendo Volvo que ruge <brum brum>, con licencia para Embutidos de la casa Dionisio Sánchez. Quizás se conforme con eso, con una Castilla seca e infinita de colores pardos en sus humanizados ojos. Sí, el último horizonte que verá.

La fiebre que me persigue es un mero, y pobre, sinónimo de fin, los 40 grados te llevan como el LSD a parajes inexplorados, así que a fin de cuentas, no está tan mal, y es gratis. Aunque pasajera como la vida misma, uno a veces en sus propias carnes encuentra en cualquier lugar y situación, lecho, abrazo y paraje para la desidia. Cuando las épocas bajas no paran de sumarse, y los números sólo restan, cuando realmente son «malos tiempos para la lírica» como canta el engominado aquel, y escuchas en bucle a Timber Timbre; a veces hasta respirar cuesta (se trata de aparente bronquitis; el puto aire de la oficina).

Frases motivacionales vol. 3

Y es que las líneas que para susto o consuelo mi padre nos dejó escritas, y digo «nos dejó», porque se dirigen a nosotros, en aquel «The Weider System of Bodybuilder«, que acumula años y años siendo atesorada reliquia familiar, no son más allá, a simple vista, una pizca tal vez, más optimistas sin duda, que todo lo que rodea estas congénitas. Como un pronóstico digno de grandes reinos antiguos, de escrituras quizás de la Grecia clásica, mitológico, o de hombres que libraron grandes batallas (que lo suyo tiene criar un hijo, mantener una casa y su techo y una mujer en la economía de los 2000), sentenciaba así:

Es la hora de partir, yo a morir y vosotros a vivir. Pero, quién va a una situación mejor, solo los dioses lo saben.

Tampoco los zodiacos ni las hojas parroquiales, salpicadas estos días de listeria (los embutidos de la casa Dioniso Sánchez están limpios de ella), arrojan mejores motivos, y todo se vuelve superfluo entre entre tazas de Mr.Wonderful, tinderazos desesperados y llaveros de «sigue tu rumbo». De aquí al alcohol o algo peor, la lírica. Y leer, claro, refugio eterno de pobres y de ricos. Entre sudores fríos y calientes, las páginas del biográfico y casi generacional «Crezco» de Ben Brooks, sólo ayudan a ver que no soy el único en esta puta época que ha perdido un poco el norte.

Desarrollo de la parte superior de los brazos.

¡Pero mira esos músculos de la foto! Aunque la hepatoxicidad del Winstrol Depot o el exceso de claras de huevo lo barriesen del mapa en un colapso por el que no hacía falta ni apostar, ese tipo tenía claras sus metas, y aún más importante, las perseguía fuese cual fuese el coste, cuidar de sus músculos, lo que mejor sabía hacer. Quizás sea por el sol de la baja California y esas pintorescas calles en las que nos mueve Tarantino en su último film, las chicas en patines, la buena música que acompañaba, y ya sabes, las faldas o su ausencia. Quizás Netflix aún ni se llegase a atisbar, y los cómics se contasen por decenas apilados en los escaparates, mostrando las historias con las que niños y adultos querían soñar. Quizás no naciésemos con nada, quizás no moriremos con todo, quizás mi padre fuese un superhéroe.

En algunas ocasiones llega eso que uno cree su propio, y desdichado, fin. Pero a veces, sólo es el comienzo.

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