El carmín en tu cuello destapó todo cuanto temía. El rubor de la tez que un día fue mía, hoy latía agitada, alterada, más viva que nunca, pero más muerta de mí que las aventuras que iluso aún revivía.

Acabarían todas en el cajón, quizás por pudor, no tirar, ya sabes, reciclar lo que un día significó algo. Hoy no es más que una pila de recuerdos brumosos, sobre la que apoyar una mesa coja, esa mesa en la que ante mis ojos te perjuraste libertina, reinvindicándote mujer, donde otros labios, (los míos perplejos) te dejarían huella.

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