Adicción rítmica

julio 27, 2020

Tabaco, alcohol, drogas, chocolate del de verdad, apuestas, velocidad… cuando hablamos de adicciones, el abanico es amplio, y las connotaciones negativas. Generan estragos, rompen familias, borran vidas… En mi caso sin embargo, mi adicción hace temblar y une, y es que mi adicción es rítmica y melódica, a veces frenética, a veces relajada, otras, melancólica.


Radiocasete marca Panasonic, con lector de CD, sintonización AM y FM, nunca lo investigué en exceso pero incluso podías sintonizar emisoras de UK, Portugal o Francia. En él sonaba Village People y 99 Luftballons seguidas de I Want to Break Free, mi padre cogía una escoba, se arremangaba los pantalones e imitaba a Fredie en mitad de la cocina; mi madre reía, pensar que las nuevas generaciones ni lo huelen… Fue la música de mi infancia, a la par que Police, Enya o W.A Mozart por señalar unos cuantos culpables. Los 2000 nunca calaron mucho en esta casa, a excepción de Coldplay con Yellow y The Killers con Human. Eran tiempos en los que mis gustos musicales eran sebáceos, por aquél entonces Tokio Hotel, Porta y el conjunto de homónimos pegaban fuerte, la época de búsqueda y desarrollo de la identidad. Malos tiempos para la lírica como cantaba Golpes Bajos.

Hubo dos momentos clave de descubrimiento persona-música, uno de la mano del descafeinado Carlos Sadness (actualmente corrompido por la capitalista industria musical) y otro gracias a Tête de la Course aka Jonathan, DJ, compositor y amigo. En plena adolescencia el rock y el indie empezaban a aparecer lentamente por mi Spotify a la par que este consolidaba su sonido en la península junto a los gafapastas. Ya sonaban The National con su Don´t Swallow the Cup o el descubrimiento paterno de The Vaccines (qué dulce canción, I Always Knew), pero nada de español, prohibido, no me convencía, hasta que un día con ese prodigio de Descubrimiento Semanal (playlist automática de recomendaciones personalizadas elaborada por Spotify) conocí al viejo Shinoflow, actual Carlos Sadness, así sonó por primera vez en mis auriculares de merchandising de Orange Feria de Botánica, Monteperdido, El Cazador y la Serpiente, etc.

Poco a poco, de forma progresiva, fui profundizando en el auténtico indie español, así dí con mi amado McEnroe (La Cara Noroeste el catalizador) aka Ricardo Lezón (ideal en momentos de tempestad), la oscura Nudozurdo, El Columpio Asesino con sus extrañas letras que no faltan en local indie que se precie, los desconocidos Tremenda Trementina, los galegos Triángulo de Amor Bizarro, Cosmen Adelaida, Somos la Herencia, La Plata o El Último Vecino por mencionar tan solo unos pocos nombres. Indie del que hace honor a su palabra, indie de independiente, muy a mi pesar de mi amiga «la de los conciertos», María, y es que Izal, LA MODA y compañía, nunca calaron en mis oídos. Al fin y al cabo, he descubierto que siempre tiendo a buscar sonidos relativamente oscuros, a veces apagados o melancólicos, no por ello menos rítmicos o bailables, así llegaría junto a Tête de la Course al siguiente paso, el deep house y la electrónica.

Corría el verano del 2014, 18 años recién cumplidos, no bebía alcohol, ni ahora (al menos en gran medida), el acné hacía estragos en la frente, el blanco de mi piel era nuclear, no era un chico popular. Era la primera edición de Metrópoli, el nuevo festival multicultural de bajo coste o a precios sociales como diría Rubén Ondina. No conocía a muchos del cartel quitando a Wally López o The Zombie Kids, pero fue Tête de la Course quien llenó un escenario y plaza vacíos con deep house del bueno, un sonido para mí, desconocido hasta la fecha. Las membranas de los altavoces temblaban con una frecuencia que avasallaba hasta el último rincón de mi cuerpo erizando la piel, en breves momentos, estabas flotando. ¿De dónde había salido aquella música encantadora de serpientes? ¿acaso había algo más allá de la metralla comercial de Aoki o Guetta? Era tan solo un ignorante. Así arrancó el deep house en mi vida, junto a nombres como Solomun (ahora más marca que DJ) y colectivos como Cercle o Boiler Room, bendito sea aquel remix de Adana Twins sobre The Doors, People are Strange, causaba estragos en los altavoces del nuevo Opel Corsa comprado con el plan PIVE, el Astra se había estropeado, pero mi padre no pedía que bajase el volumen, aquello tenía clase.

HUIAS en el Patio de la Favorita.

Está bien conocer mis raíces musicales a modo de diario personal, ¿pero qué hay de mis lugares?, ¿dónde paso y pasé mi tiempo libre?, ¿dónde topaba a mis amigos durante horas? Hay dos sitios que sin duda marcarían la diferencia, y uno de ellos es El Patio de la Favorita, aquel local prácticamente lamido por las olas, el de los farolillos rojos frente a la playa de San Lorenzo que tantos años me intrigó, ¿acaso había barrio rojo en Gijón?, lo hubo décadas atrás con la Casa del Chino en Cimadevilla, sin embargo nada tenía que ver aquello con historias de piernas largas e intercambios carnales, no al menos en un principio. En aquel lugar se respiraba atmósfera de pub auténtico, de club neoyorquino, de elegancia impregnada en sus tapizados de piel rojo cereza, sus botellas alta coctelería apiladas en torre, su piano de pared, sus noches de jazz y luz íntima. Casi podrías imaginarte a un viejo crítico de cine en su barra, un puro (cuando se podía fumar en interiores), el periódico y su margarita. Al otro lado de la barra, el icono y personificación del local, Luis, lo que la hostelería gijonesa debería ser, en título y persona. Lo que más admiraba y admiro del local, eran sin duda sus carteles abarrotando las paredes y su banda sonora. En ángulo de 180 grados cuelgan enmarcadas las visitas a la ciudad de Future Islands, los Rolling Stones (no necesitan presentación), Crystal Fighters, los ya mencionados Vaccines, Oscar Mulero, y un largo etcétera de géneros y propuestas aún desconocidas. Suena The Offprising, suena The Cure, suena Nick Cave (con y sin los Bad Seeds), suena Led Zeppelin, joder como mola este lugar.

Había otras ocasiones en las que la noche era noche, el estómago estaba lleno y el cuerpo pedía guerra, sabrosura, no tanto glamour, contorsión, tensión y evasión, el sitio sería y será, espero que por muchos años, otro. El descenso por esas escaleras, acompañado del frecuente y educado «pasadlo bien chicos», porteros de lo que ya no hay, peldaño a peldaño, sabiendo que algo ocurría ahí abajo, la pista te recibe, los graves te golpean, sonido L´Acoustics, bruto y conmovedor, detallista en altas frecuencias, único en la región, y el baile de cuerpos, y la fusión con aquellas músicas traídas de los confines del mundo, comenzaba. Estás en el Lanna, única institución de confianza competente en materia electrónica en la ciudad, y sin riesgo de que algún majara te apuñale (todos sabemos que algunos géneros traen consigo ciertos problemas o añadidos indeseables). Equipo de profesionales, y RedBull Tropical Edition siempre en nevera, aquello era un sitio de hacer cantera con sus viernes gratuitos de DJ locales. En cabina Yuki Kitano y Nicsen dejando sonar a Ruth (Polaroïd/Roman/Photo), Sergio xFunkt y sus 50.000 vinilos, Alberto Palacios con su Rebolledo, Fetiche en su versión oscura… Y nada de descuidar el panorama, noches de etiqueta de importación con Rodríguez Jr. en formato live, Ellen Allien y su techno (véase el nuevo AurAA), la leyenda de Carl Cox, el afincado Mulero y una larga lista. Así aprendes que hay algo más que maquineo, y con algo de investigación en casa (para desgracia de los vecinos) encuentras a Curses, el refinado Nicolas Jaar, Jimi Jules, David August, Moroder, Sworn Virgins, Kerala Dust, Pional y una infinidad, aquí reunida.

Un batiburrillo de nombres y ritmos, de estados anímicos y de instantes, ¿qué haría sin música?, ¿podría acaso respirar? Eso fue mi cuarentena, música y más música, un ataque a mi cartera considerando la reciente filia a los vinilos, me gusta tocar lo que me gusta. Un largo compendio de los nombres y notas que forman parte de mi identidad, al menos la musical. Llámame raro, llámame maquinero, llámame indie, llámame posturero, al final, cada uno escucha lo que le gusta, hay quien me llama elitista, pero esa mierda comercial y de moda no es para mí, aunque reconozca a regañadientes que a veces me mueva. El problema amigo, no es qué escuchas, el problema es qué te imponen escuchar, la ignorancia es solo un camino.

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *